Ensayista, narrador, cronista, poeta, purista
del lenguaje, gramatologo y critico literario ..

jueves, 10 de septiembre de 2009

Los lectores cacheteros

"Una fauna inagotable"
Con mucha frecuencia vengo observando que los puestos de revistas en los supermercados y almacenes de cadenas permanecen en un completo desorden. La mayoría de las publicaciones que allí se exhiben presentan las carátulas arrugadas y grasosas, las páginas manchadas y dobladas, y es difícil encontrar con prontitud una determinada revista porque en todos los muestrarios reina una total confusión. El orden que les asignan los distribuidores se ve estropeado por el voluminoso caudal de lectores piratas y ocasionales, que llegan a estos sitios a manosearlas, hojearlas y leerlas gratuitamente. Por eso, siempre encontramos al pie de los exhibidores una cantidad de gente que se aposta tranquilamente, impidiendo con ello la libre circulación de los clientes habituales y los compradores casuales.

En otras ocasiones, la costumbre de los “lectores cacheteros” traspasa los límites del cinismo, pues para leer con mayor comodidad cargan las revistas hasta los comedores y cafeterías que comúnmente tienen estos almacenes. Y también he observado que cada especie tiene sus lecturas preferidas. Las mujeres, por ejemplo, se entretienen hojeando “Vanidades”, “Jet Set”, “Gente”, “Caras”, “Cromos”, “Alo”, “TV y novelas” y otras publicaciones del espectáculo y la farándula sensiblera. Los hombres, por supuesto, son fanáticos de “Semana”, “Cambio”, “Poder”, “Muy interesante” y demás ediciones que orientan temas políticos, económicos y tecnológicos. Ellos, rápidamente memorizan los detalles más importantes para salir a descrestar y sembrar la imagen de que son lectores consagrados o suscriptores de estos órganos informativos.

Y, lógicamente, para combatir esta aberrante costumbre de la plaga cachetera, muchas casas editoriales se previenen y distribuyen sus revistas en bolsas herméticamente cerradas. Tal es el caso de las coleccionables “Credencial”, “Diners” y otras ediciones, nacionales o extranjeras, que frecuentemente incluyen temas culturales, tecnológicos y científicos, muy beneficiosos para los lectores. También, algunos almacenes se han prevenido y para controlar el caos, ya empezaron a forrar con papel plástico las publicaciones más apetecidas por la piratería lectoral, han fijado letreros que prohíben el manoseo permanente o han asignado vigilantes que les impiden a los clientes tener acceso a las páginas interiores. Sin embargo, no falta quien viole las normas, y siempre encontramos, sobre todo mujeres, revisando y hojeando las revistas, tranquilamente y sin ningún recato.

Con la lectura de los periódicos casi sucede lo mismo, pero con una ligera diferencia: los vendedores alquilan los diarios por una mínima cantidad durante diez o quince minutos, o mientras dure la revisión total. Otros, sólo los prestan para fotocopiar los crucigramas, actividad muy en boga que se ha convertido en el pasatiempo favorito de muchísimas personas. Y en las bibliotecas y hemerotecas públicas, la situación es aún más alarmante. Aquí, los diarios y revistas no dan abasto para satisfacer la gran cantidad de lectores improvisados que llegan a estos sitios a buscar información de última hora, sea local, regional o nacional, para de inmediato salir a especular y sentar cátedra en los corrillos callejeros o en los tertuliaderos de poca monta. Esto, como es natural, los complace profundamente y les alivia el reconcomio que les perturba el espíritu.

Empero, lo más censurable en este insólito bailongo es la cicatería de la gente, que siempre se muestra apática a la compra de cualquier medio informativo por muy barato que sea. Una costumbre que ha hecho escuela y tiene una profunda cimentación en el país entero, donde, según estudios realizados por prestigiosas instituciones, el nivel de lectura es paupérrimo y la inversión bibliográfica casi nula. Y a esta crítica situación han surgido como paliativos los novísimos medios de información electrónica, pues son muchísimos los que afirman que “ellos no necesitan comprar ningún libro o revista, porque todo lo leen en internet”. Expresión que sólo refleja un tinte de total mediocridad, y nos deja bien claro que, mientras no exista una conciencia de lectura consagrada, los lectores cacheteros seguirán conformando, per saecula saeculorum, “una fauna inagotable”.

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