Ensayista, narrador, cronista, poeta, purista
del lenguaje, gramatologo y critico literario ..

jueves, 9 de septiembre de 2010

“La muchachita”

Otro clásico del vallenato


Más de treinta y cinco años han transcurrido desde que Jorge Oñate, el cantante estelar del recordado conjunto de los hermanos López, conocido desde entonces como “El ruiseñor del Cesar”, popularizó el disco “La muchachita” y lo convirtió indiscutiblemente en un clásico de la música vallenata. Finalizaba el año de 1974, cuando el país, que aún se encontraba festejando la llegada del “mandato claro”, el celebérrimo gobierno de Alfonso López Michelsen, fue sorprendido con la grabación de esta insuperable joya musical, que, apenas salió al mercado, penetró en el sentimiento popular y cautivó la atención de la inmensa fanaticada que siempre ha rodeado a la música vallenata.
“La muchachita”, junto con once temas más de reconocidos compositores vallenatos, apareció en el álbum Rosa Jardinera, un long play que llamaba la atención por el diseño de las letras y el fascinante colorido que presentaba. En el anverso figuraban Miguel López, exhibiendo un rostro severo, ennoblecido con su robusto bigote, y Jorge Oñate, luciendo una camisa bordada y una poblada y larga cabellera, costumbre que estuvo bastante de moda en esa época. En el reverso, además de la imagen del inigualable cantante, aparecían las carátulas de todos los elepés grabados por los hermanos López desde 1971, discos que se habían convertido en verdaderos éxitos del folclor vallenato y actualmente siguen teniendo la misma vigencia y resonancia de sus años mozos.
Años antes, el disco ya había sido grabado por Alejo Durán, su autor, pero en su momento no había conquistado la fama ni la aceptación que alcanzó con Jorge Oñate. No había pasado de ser una más de las tantas canciones pasajeras del primer rey vallenato, que sólo servían para completar los temas de los numerosos elepés que hoy conforman su voluminosa antología musical. Estaba más bien en el anonimato, y nunca llegó a compararse con otras composiciones inmortales del maestro, como “La trampa”, “Fidelina”, “Alto del Rosario”, “039” o “La cachucha bacana”. Las canciones que le habían dado la fama y siempre son incluidas, sin excepción, en cualquiera de las selecciones de Alejo Durán que ofrecen las casas disqueras. .
Por esos tiempos, en el sentimiento popular, distraído frecuentemente con tantas canciones febriles, apenas quedaba un vago recuerdo de “La muchachita”, la efímera canción del prestigioso acordeonista de las “tres sedes”, según el mismo Durán solía calificarse. Por eso, cuando Jorge Oñate la cantó en 1974, la gente no dudó en aceptarla y reconocerla como una de las viejas canciones del maestro Alejo, que habían tenido un paso transitorio por el ambiente musical. Sin embargo, ahora, totalmente remozada, causaba un placer inagotable por su arquitectura distinta: primero, la maestría y genialidad empleadas por Miguel López en el manejo del acordeón, para imitar, modernizar y embellecer el estilo de Alejo Durán, sobre todo, en el empleo de los bajos, y segundo, la penetrante y agradable voz de Jorge Oñate, que, con su tesitura perfecta, logró cautivar, como solía ocurrir siempre, la admiración y los afectos de la monumental fanaticada.
Como casi todas las canciones de Alejo Durán, “La muchachita” es un paseo de tono sencillo y discreto, que cautiva y penetra con agilidad en la emoción de los oyentes. Podría afirmarse que por su brevedad y tenor lírico es una especie de madrigal, que deja ver sutilmente el fondo amoroso que caracteriza este tipo de composiciones poéticas. Son tres estrofas de cuatro versos octosílabos, con rimas vocal y consonante alternadas, que impactan por la perfección métrica y la sensibilidad temática: “Yo tengo una muchachita / es una muchacha bella / pero a mí me mortifica / que no puedo hablar con ella”. Jorge Oñate, maestro del arte musical, se lució entonando estas estrofas, e hizo de “La muchachita”, sin lugar a dudas, una canción antológica e inmortal de la música colombiana.

Calixto Ochoa Campo

“El humanitario” por excelencia



Ningún título me podría resultar mejor para calificar este artículo sobre Calixto Ochoa Campo, el reconocido acordeonista y compositor caribeño, radicado hace muchos años en la ciudad de Sincelejo, y que tantos aportes significativos le ha brindado al folclor vallenato durante más de medio siglo. Y lo califico de “el humanitario”, porque éste es el nombre de una de sus más bellas canciones, grabada hace ya varias décadas, que él mismo compuso para calificarse personalmente, y hoy, tanto por su contenido como por su forma, es catalogada como una verdadera pieza clásica dentro de la música colombiana.

Siempre he considerado que el talante musical de Calixto Ochoa Campo, al igual que el de muchos otros compositores colombianos, está marcado por un sello de perfecta originalidad, difícil de aplicarle comparaciones veleidosas o imitaciones temáticas. Porque, resulta imposible desconocer, que el tenor de la gran mayoría de sus canciones está matizado con un sobrio lirismo, muchas veces de tono dramático, que cala sutilmente en el sentimiento de todas las personas que son fanáticas de sus composiciones. Y creo que no existe un solo colombiano, concretamente de la Costa Caribe, que no haya experimentado en algún momento el deleite emocional que producen los episodios narrados en sus infinitas creaciones musicales.

Y, en relación con los ritmos y las notas melódicas, Calixto Ochoa Campo, al igual que otros prestigiosos acordeonistas, como Alejandro Durán, “Colacho” Mendoza, Alfredo Gutiérrez y Emilianito Zuleta, son auténticos maestros en el manejo de este maravilloso instrumento. Sólo ellos, puede afirmarse con absoluta seguridad, han creado escuelas dentro del arte vallenato y exhiben un estilo inimitable, que los presenta como verdaderos artistas de este género musical. Porque, dentro de la interminable lista de músicos y cantantes que existen o han existido, contemporáneos o posteriores a ellos, es fácil identificar la influencia que estas nuevas generaciones han recibido de los grandes acordeonistas mencionados. Nadie ha podido escapar al embrujo producido por los bajos complacientes de Alejo Durán o a las notas penetrantes y sugerentes de Calixto Ochoa.

Durante mi larga permanencia en Sincelejo, que supera ya los treinta años, he tenido la oportunidad de charlar y compartir con el maestro Calixto en diversas ocasiones. Pero, de todos nuestros encuentros, el más fructífero ocurrió a comienzos de de 1987, hace casi veinticinco años, en una invitación que él le cursó a don Alvaro Sprockel Mendoza, cuando éste se desempeñaba como rector del Instituto Simón Araújo de esta ciudad. El gran compositor deseaba agradecerle unos cupos que don Alvaro le había facilitado en el mencionado colegio. Ese día, sin ningún conjunto abordo, sin ningún acompañante, el Maestro se lució ejecutando el acordeón y cantando fragmentos de sus canciones preferidas o de aquéllas que gentilmente le solicitábamos. Durante la velada, tuve tiempo de sobra para apreciar su sencillez, valorar su carisma y sus calidades humanas y, sobre todo, pude comprobar su tremenda capacidad creadora y su insuperable talento musical.

Desde muy joven he profesado una gran admiración por la música y las canciones de este destacado compositor caribeño. Recuerdo mis años de estudios en el Colegio Pinillos de Mompós, centrados en la década de los años sesenta, cuando experimenté las primeras sensaciones que me causaron los discos de Calixto Ochoa, quien en ese tiempo solía ir con asidua frecuencia a la “Ciudad Valerosa” para amenizar las casetas existentes en esa época. Guardo en mi memoria los infinitos placeres que me producían las notas de discos inmortales, como “Los sabanales”, “Playas marinas”, “Lirio Rojo”, “Mata e’ caña”, “El parquecito”, “La reina del espacio” y muchos más, cuyas melodías inefables causaban demasiado placer y llenaban de furor y emoción a los enloquecidos bailadores.

También, desde esa época empezaron a llamarme la atención las distintas creaciones dedicadas a las mujeres, que, seguramente, habían tenido alguna significación en su vida. Algunas composiciones tituladas con los nombres de pila, como Diana, Marta, Marily, Miriam, Norma, Irene, Norfidia, Crucita, Amparito, y, otras veces, canciones dedicadas a mujeres, calificadas con adjetivos cariñosos, como “La china”, “La llanerita, “Muñeca linda”, “Palomita volantona”, o también, con atributos despectivos, como “La india motilona”, “La ombligona” o “La flaca vitola”. Asimismo, como solía ocurrirle a mucha gente, me despertaban el interés aquellos discos con temas pintorescos, como “El pirulino”, “Remanga”, “El calabacito”, “El viejo del sombrerón” y otros similares que causaban muchísima satisfacción en los oyentes.

Sin embargo, dentro de su abundante repertorio temático, solo comparable a las extensas producciones de los compositores José Barros y Jorge Villamil, la canción del maestro Calixto Ochoa que desde siempre me ha llamado la atención es “El humanitario”, grabada por él hace casi medio siglo y más tarde por el conjunto de Poncho Zuleta y “Colacho” Mendoza en 1975. Y me causa admiración, porque sabiendo que el autor tuvo una escasa formación escolar, ésta es una pieza que se caracteriza por presentar una arquitectura perfecta. Son tres estrofas de versos alejandrinos con rima vocálica alternada y una pausa interna en la sílaba octava, lo que origina dos hemistiquios desiguales de ocho y seis sílabas, respectivamente. Al entonarla, las estrofas resultan de seis y ocho versos, debido a la repetición en pares que, para darle más belleza a la melodía, les aplica el autor.

Tengo conocimiento de que el maestro Calixto Ochoa Campo es natural de Valencia de Jesús, un llamativo pueblo del Cesar, donde nació en 1934. Sin embargo, hace más de medio siglo se radicó en Sincelejo, y aquí se dedicó a perfeccionar el manejo del acordeón, afición que había iniciado siendo muy joven en el hogar familiar. En esta ciudad se conoció con Alfredo Gutiérrez, con quien ha mantenido una entrañable amistad desde comienzos de los años sesenta. Se coronó como tercer “Rey vallenato” en 1970 y desde entonces se ha mantenido en el pináculo de la fama como uno de los mejores acordeonistas y compositores de Colombia. Ha sido galardonado con varias medallas y distinciones en diversos departamentos, y son incontables los premios y trofeos que ha recibido por la popularidad de sus canciones.

Hoy, alejado un poco de la creación musical, y acosado desde hace algún tiempo por unos ligeros quebrantos de salud, permanece en su residencia de Sincelejo, siempre en estado de alerta para superar cualquier crisis momentánea. Aquí, fiel a la intención de seguir explotando su talento artístico, continúa saboreando la gloria que le reportaron sus canciones magistrales, atendiendo a los amigos que lo visitan frecuentemente, manifestando su solidaridad comunitaria y demostrando, a todas luces, que sigue siendo para todos los colombianos y, en particular para sus muchísimos admiradores, el genial compositor polifacético, pero, sobre todo, “el humanitario por excelencia” de la música vallenata.

viernes, 27 de noviembre de 2009

López, Gómez, Santos y Ospina

Los cuatro fantasmas de la oligarquía


Desde que se produjo la oportuna y certera caída del desprestigiado régimen conservador en 1930, después de permanecer en el gobierno durante más de cuaren­ta años consecutivos -que se habían iniciado con la Constitución del 86- y se produce la victoriosa llegada del liberalismo al poder con el triunfo arrollador de Enri­que Olaya Herrera, no ha habido presidente en nuestro des­vertebrado país que no descienda directa o indirecta­mente de los cuatro grandes fantasmas de la oligarquía colombiana: Alfonso Ló­pez Pumarejo, Mariano Ospina Pérez, Eduardo Santos Montejo y Lau­reano Gómez Castro. Nacidos todos en los últimos quince años del si­glo XIX y pertenecientes a la llamada "Generación del Centenario" -que tuvo su florecimiento en 1910 para conmemorar los primeros cien años del grito de la Independencia Nacional- éstos son los miembros más so­bresalientes del centralismo oligárquico y los que más han influido en la política colombiana de los últimos cincuenta años.


Sin excepción, todos los mandatarios del país -empezando con los cuatro escogidos en el cuestionado y polémico Frente Nacional y los ocho elegidos posteriormente- presentan, en una u otra forma, la marca imborrable del estilo y la idiosincrasia ideológica seguida por estos per­sonajes. Con absoluta certeza podemos afirmar que son herederos pri­marios de "La Revolución en Marcha" emprendida por Alfonso López Pumarejo: Alberto Lleras Camargo, Alfonso López Michelsen, Julio Cé­sar Turbay Ayala, Ernesto Samper Pizano y el recién elegido Alvaro Uribe Vélez. En la línea de "La Unión Nacional" de Mariano Ospina Pérez aparecen Misael Pastrana Borrero -fue su secretario privado- y Andrés Pastrana Arango. Por el sendero de Eduardo Santos desfilan Carlos Lle­ras Restrepo, Virgilio Barco Vargas y César Gaviria Trujillo, y en el regazo de Laureano Gómez -"El Hombre Tempestad"- encontramos a Guiller­mo León Valencia y Belisario Betancur. El prematuro fallecimiento de Enrique Olaya Herrera en 1937, le impidió hacer escuela y establecer, al igual que sus contemporáneos, una línea de conducta que se reflejara en las generaciones posteriores.


Como vemos, la poderosa influencia que vienen ejerciendo los cua­tro insuperables jefes de los partidos tradicionales -dos liberales y dos conservadores- en el desarrollo de la democracia colombiana y en la escogencia y elección de los presidentes de la república, es innegable. Y en su época, para atraer los afectos de la opinión nacional, todos ejer­cieron el periodismo con singular aceptación en uno o varios órganos informativos de su propiedad: López Pumarejo en El Liberal, El Republi­cano y El Diario Nacional, Ospina Pérez en las hojas de La República, Eduardo Santos, primero en La Revista y más tarde en El Tiempo, y Laureano Gómez en La Unidad y posteriormente en las demoledoras páginas de El Siglo. Por esto hoy, después de varias décadas de falle­cidos, se oye hablar con mucha fogosidad del liberalismo del López Pu­marejo o del conservatismo de Ospina Pérez. El estigma pervive como un fantasma indestructible en la turba de ineptos politiqueros que pululan en todos los rincones de Colombia.


Sin embargo, al tiempo que surgen líderes de reconocida talla para conducir al país, el pueblo es consciente de que aquel aspirante que no sea del agrado de los herederos de los cuatro grandes fantasmas de la oligarquía, jamás llegará a la jefatura del Estado. Y aunque en una época, el doctor Laureano Gómez habló de los cuarenta presidenciables para ocupar los cuatro períodos del Frente Nacional, cada uno de los jefes naturales terminó seleccionando e imponiendo al prohijado de sus preferencias. Muchos de los supuestos elegibles -como el barranquillero Evaristo Sourdis y el mismo Alvaro Gómez Hurtado- se fueron a la tumba con sus sueños frustrados. Y, precisamente ahora, éste es el mismo cedazo que le acaban de aplicar al humilde candidato Horacio Serpa Uribe para impedirle su entrada a la Presidencia de Colombia. Es lamentable que aún sigamos siendo víctimas de los venenosos tentáculos de la vieja y desprestigiada oligarquía colombiana.

Las veleidades de la educación colombiana





Nunca, a través de los largos años que llevo ejerciendo la cátedra de Literatura y Lengua Castellana en el Instituto Simón Araújo, he gastado mi tiempo leyendo política educativa o más concretamente la graforragia folletinesca que con mucha frecuencia produce el Ministerio de Educación Nacional. Jamás he asistido, ni por simple curiosidad, a ninguno de los foros, seminarios o talleres, que con mucha regularidad se realizan en Sincelejo u otras ciudades y que solamente sirven para desperdiciar el tiempo y hacer divagaciones y planteamientos simploides que no reportan ningún beneficio, y, la mayoría de las veces, enfrascarse en especulaciones estériles que fastidian hasta la saciedad y que concluyen desbaratando los mencionados encuentros. No conservo en mi biblioteca un solo libro, un solo documento que se refiera a estos temas cansones y vacuos en donde los ministros de turno consignan la vaguedad de sus experimentos con la intención de pasar a la historia y donde son notorias la incapacidad, la ignorancia y las veleidades de los mismos.

Hace algunos años, cuando se promulgó la renombrada Ley General de Educación, ésta se convirtió en el plato del día y era común encontrar a los docentes desesperados por conocer su contenido. Vinieron las infinitas interpretaciones de la misma y soportamos largas jornadas en donde no se hablaba de otra cosa. Algunos educadores solían cargarla a todas partes y llegaron hasta el ridículo de recitar de memoria sus parrafadas insípidas para con ello demostrar dominio sobre su articulado incoherente e incomprensible. Posteriormente, ocurrió lo mismo con los llamados decretos reglamentarios, y fueron muchos los ilusos que pretendieron descrestar y convertirse en exégetas para hacer disertaciones interminables y tediosas sobre los mismos. A todo esto se desbandó el cataclismo de los "Proyectos Educativos Institucionales" que se convirtieron en las tres comidas diarias, nos fastidiaron hasta el exceso y desbordaron los límites de la mediocridad y las frivolidades en algunas instituciones. Hoy, parece que ha pasado el ventarrón de los "PEÍ" y la política educativa gira en torno de otros aspectos experimentales y sigue dando tumbos alrededor de las chambonerías de los burócratas que transitoriamente ocupan la Cartera de Educación.

Infinitas, son las reformas que ha sufrido la educación desde los gobiernos del Frente Nacional, los posteriores y los actuales, y puede afirmarse con certeza que todas ellas han quedado derrotadas en mitad de la vía. Algunas por su transitoriedad, otras por su inconsistencia y la mayoría por la incompetencia de los ministros, que no han tenido los suficientes fundamentos intelectuales para llevar a cabo sus propósitos. Los sistemas de evaluación vienen variando en forma permanente sin arrojar ningún resultado positivo y cada día la educación se ve afectada por la negligencia, la apatía y la vulnerabilidad de sus formulismos. Ningún ministro —del medio ciento que ha ocupado este cargo desde los albores del Frente Nacional— puede abanderarse de una verdadera reforma educativa que haya dado frutos y pueda catalogarse fértil en la enseñanza colombiana. No ha habido un solo ministro que por equivocación haya sido maestro de escuela o licenciado en Ciencias de la Educación. Por el contrario, por ese puesto han desfilado ganaderos, comerciantes, industriales, banqueros, abogados, médicos, administradores de empresas, economistas, sociólogos y muchos profesionales más ajenos a la docencia.

La llamada calidad de la educación —de la que tanto hace énfasis el alto gobierno— hoy no es más que una frase de cajón que retumba constantemente en las instituciones y en todos los eventos que se realizan para cuestionar los intrincados vericuetos del sistema educativo. Considero que todas estas seudo reformas, todos estos embelecos que frecuentemente sorprenden a la educación y que no son más que simples copias o imitaciones de los modelos extranjeros, no benefician, en lo más mínimo, la calidad del conocimiento. Todo lo contrario, contribuyen a empeorar el sistema y desgastan en forma continua a todos los estamentos del panorama educativo. Frente a esta andanada de cambios inútiles, la gente se encuentra estupefacta y no sabe qué hacer. Algunos pierden su tiempo haciendo eco en estas reformas, sienten satisfacción y se sacian especulando sobre la pajoterapia educativa. Yo, en lugar de malgastar mi tiempo leyendo estas trivialidades, lo disfruto en lecturas más productivas, más universales, más trascendentales, es decir, en verdaderas lecturas que sí van a contribuir en el enriquecimiento de mi formación intelectual y me van a ubicar como un verdadero maestro dentro del salón de clases. Esta apreciación, con todo el respeto que me merecen, se lo recomiendo a todos los profesores del magisterio colombiano.

En los grados escolares



Profanados la toga y el birrete


En estos días, nuevamente hemos tenido la oportunidad de presenciar los espectácu­los más ridículos que suceden todos los años y que sólo sir­ven para provocar la risa y el desconcierto del público: la gran cantidad de estudiantes mediocres disfrazados folclóricamente con la ceremoniosa toga y el fastuoso birrete, pres­tos para recibir en sus colegios el devaluado diploma de bachiller. Esta insólita costumbre que está muy de moda en los últimos años –y se ha extendido por gran parte del territorio nacional– no deja de ser un negocio bastan­te rentable para los visionarios que tuvieron la fabulosa idea de fabricar estas prendas para con ellas cautivar a los despistados estudian­tes, aprovecharse de su versatilidad y conse­guir su aceptación para el suministro de las mismas. Por eso, apenas despuntan los me­ses de septiembre y octubre comienzan los ávidos proveedores a visitar los colegios para ofrecer el alquiler, y entonces se suscita la dis­cusión de los alumnos de último año sobre el vestido de grado, quienes finalmente quedan maravillados por la imponencia de esta vesti­menta y terminan aprobando la utilización de la inusitada prenda en el acto de graduación.


En efecto, es lamentable la depreciación que última­mente vienen sufriendo la toga y el birrete, las cuales desde épocas remotas son prendas que han sido reservadas para lucir en las grandes y solemnes ceremonias. En la anti­güedad la toga constituyó el traje nacional de Roma y como tal fue utilizado por los más pres­tigiosos historiadores, políticos y oradores de ese colosal imperio, entre quienes se desta­caron Julio César, Tiberio, Pompeyo y Cicerón. Posteriormente, y junto con el birrete, pasó a convertirse en el atuendo de ceremonia que utilizan los altos magistrados de las cortes, los jueces de los imponentes tribunales de la justicia, los miembros de las celebérrimas academias del mundo y los catedráticos des­tacados de las más famosas universidades. En países como Estados Unidos, España, Fran­cia, Inglaterra, México, Venezuela y Argentina, estas prendas son el símbolo del respeto, la academia, la justicia y la idoneidad. Recono­cidas universidades del mundo, como la de Har­vard, la Complutense, la Autónoma de Méxi­co, la de Salamanca y La Sorbona, utilizan este traje con mucha veneración. En Colombia, la hacen lo mismo la Pontificia Uni­versidad Javeriana, la histórica Universidad del Rosario y nuestra insuperable Universi­dad de Cartagena.


En la actualidad, abusar de la toga y el birrete para graduar bachilleres —inclusive alumnos del Kinder y la primaria— es una tí­pica deshonra y una verdadera profanación para esta tradicional prenda. Utilizar un traje sencillo y sobrio, sería lo más procedente para concurrir a un acto de esta mediana catego­ría. Además, si en cada colegio analizamos detenidamente el perfil de los graduandos, apenas un bajo porcentaje estaría apto para lucir esta augusta vestimenta, y sólo aquellos alumnos —infortunadamente la minoría—que durante sus estudios se distinguieron por el respeto, la consagración, el don de gente y la solidez en sus conocimientos, serían los únicos escogidos para utilizarla en una ceremonia de graduación. Los otros —que son la mayoría— y que en el transcurso del bachillerato se carac­terizaron por la irresponsabilidad, la apatía, ganaron los años a empujones, pasaron inad­vertidos y prácticamente culminaron los estu­dios casi sin saber leer ni escribir, estarían veta­dos moralmente para disfrazarse con esta sa­grada indumentaria al recibir el inmerecido y desprestigiado cartón de bachiller.


Por otra parte, en medio de todo este ambiente grotesco, es sorprendente el áni­mo de los veleidosos estudiantes para uni­formarse con la toga y el birrete en los fule­ros actos de graduación. Para ellos la utiliza­ción de estas prendas es como una especie de revanchismo contra el pésimo comporta­miento y el bajo nivel académico que han observado durante los años del bachillerato. Y obedeciendo a estas razones, muchas ve­ces los alegres graduandos cometen actos bochornosos en las sesiones de grado. Los hemos visto gritar, rechiflar, hacer relajo, qui­tarse las togas y lanzar los birretes al aire como muestra del júbilo que los acompaña en el momento de recibir un devaluado car­tón que no están en condiciones de susten­tar ni representar cuando se enfrentan a la sociedad. Y como cada año es mayor el nú­mero de bachilleres en Colombia, el disfraz de las togas seguirá siendo un negocio re­dondo para los empresarios y el público con­tinuará presenciando estos ridículos espec­táculos en las sesiones de promoción.

























jueves, 10 de septiembre de 2009

Un síndrome de moda

Los estragos de la "celotipia"
No logro explicarme cómo existen matrimonios que conviven tantos años bajo el imperio de la celotipia, y esta relación les resulta tan normal y placentera que parece no afectarlos en lo más mínimo. Y lo más llamativo de esta aberrante enfermedad, consistente en el desbordamiento excesivo de los celos pasionales, es que logra compenetrarse tanto con la gente, que las parejas terminan disfrutándola y creando una mutua dependencia: no pueden estar el uno sin el otro, y a los dos les hace falta el conflicto permanente originando por el rencor de los celos patológicos. Actualmente, como es de conocimiento público, la celotipia persigue a un alto porcentaje de los hogares colombianos –y tal vez del mundo entero-, y ésta es la causa para que con marcada frecuencia observemos las tragedias familiares que ocurren en el país, y que se convierten en noticias de primer orden en todos los medios informativos, sobre todo, en aquéllos de temperamento amarillista. Muchos desastres suceden cuando uno de los protagonistas está bajo los efectos del alcohol o de cualquier otro tipo de alucinógeno. Este es el momento para que los celos desmedidos se apoderen de él, y entonces cruzan por su mente las más absurdas visiones: ve a su pareja en brazos de otro u otra, besándose apasionadamente e, incluso, la percibe en plena acción de las relaciones sexuales.

De acuerdo con las más recientes investigaciones sicológicas, está comprobado que la persona celotípica actúa de manera irracional y jamás alcanza a tener un instante de tranquilidad. Por su imaginación sólo desfilan los contactos clandestinos, las citas furtivas y las escenas eróticas –propiciadas por su pareja- que le producen los celos excesivos. Debido a esto, al afectado constantemente lo asalta el temor de perder el afecto de su cónyuge –u otra persona-, siendo esto, por tanto, reflejo de un estado permanente de inseguridad, acompañado con sentimientos de inferioridad, que se traducen en frecuentes manifestaciones de violencia, de odio y de agresión verbal. En otras personas, los mismos celos, más profundos y desconectados de la realidad, pueden corresponderse con intenciones sadomasoquistas de la personalidad y formar parte de un complejo sicótico-paranoide que las perturba insistentemente, pues a cada quien le hace falta el rival para generar los conflictos, porque sus celos, como es obvio, se basan en puras fantasías. Un caso típico de esta aberración sucedió hace poco en Barranquilla, cuando un atarván enloquecido, presa de sus celos enfermizos, estuvo a punto de acabar con su mujer. Y hace ya casi doscientos años, Manuelita Sáenz, enfurecida por la celotipia, casi le mutila una oreja a Simón Bolívar, cuando se enteró de que éste había pasado una noche completa follando con una dama de la sociedad limeña en la quinta de La Magdalena. Este, fue uno de los tantos arrebatos pasionales que protagonizó “mi amable loca”, como solía llamarla El Libertador.

Sinceramente, considero que vivir bajo el acecho de la celotipia debe generar una situación difícil y tormentosa para cualquier matrimonio, y tenemos conocimiento de que este síndrome viene acompañando a la humanidad desde tiempos antiquísimos, y actualmente es el plato de entrada en muchos hogares del mundo. Yo, particularmente, he sido testigo de algunos casos sui generis que me han llamado mucho la atención. En una época, hace ya largos años, tuve un amigo –hoy en uso de buen retiro- que estuvo a punto de morir acribillado por su esposa, quien, víctima de un ataque de celotipia, le reclamaba que había pasado toda la mañana con otra mujer. Ignoraba la furibunda señora que su inocente marido había estado varias horas del día tomando cervezas conmigo. Sin embargo, lo más curioso del conflicto era que mi amigo gozaba, según me parecía, con los reclamos insistentes de su mujer, y para enfurecerla él mismo se manchaba la camisa con pintalabios, guardaba en los bolsillos papelitos con números telefónicos y nombres ficticios o se hacía enviar mensajes cifrados desde otros lugares. Y como era de esperarse, la mujer enloquecía de furia ante las evidencias, y el personaje de marras encontraba un pretexto para largarse nuevamente. Hoy, me atrevo a pensar que las argucias de mi amigo son utilizadas, con toda seguridad, por muchas personas. Solo así se justifican los estragos permanentes que viene ocasionando la celotipia en los hogares colombianos.

Los lectores cacheteros

"Una fauna inagotable"
Con mucha frecuencia vengo observando que los puestos de revistas en los supermercados y almacenes de cadenas permanecen en un completo desorden. La mayoría de las publicaciones que allí se exhiben presentan las carátulas arrugadas y grasosas, las páginas manchadas y dobladas, y es difícil encontrar con prontitud una determinada revista porque en todos los muestrarios reina una total confusión. El orden que les asignan los distribuidores se ve estropeado por el voluminoso caudal de lectores piratas y ocasionales, que llegan a estos sitios a manosearlas, hojearlas y leerlas gratuitamente. Por eso, siempre encontramos al pie de los exhibidores una cantidad de gente que se aposta tranquilamente, impidiendo con ello la libre circulación de los clientes habituales y los compradores casuales.

En otras ocasiones, la costumbre de los “lectores cacheteros” traspasa los límites del cinismo, pues para leer con mayor comodidad cargan las revistas hasta los comedores y cafeterías que comúnmente tienen estos almacenes. Y también he observado que cada especie tiene sus lecturas preferidas. Las mujeres, por ejemplo, se entretienen hojeando “Vanidades”, “Jet Set”, “Gente”, “Caras”, “Cromos”, “Alo”, “TV y novelas” y otras publicaciones del espectáculo y la farándula sensiblera. Los hombres, por supuesto, son fanáticos de “Semana”, “Cambio”, “Poder”, “Muy interesante” y demás ediciones que orientan temas políticos, económicos y tecnológicos. Ellos, rápidamente memorizan los detalles más importantes para salir a descrestar y sembrar la imagen de que son lectores consagrados o suscriptores de estos órganos informativos.

Y, lógicamente, para combatir esta aberrante costumbre de la plaga cachetera, muchas casas editoriales se previenen y distribuyen sus revistas en bolsas herméticamente cerradas. Tal es el caso de las coleccionables “Credencial”, “Diners” y otras ediciones, nacionales o extranjeras, que frecuentemente incluyen temas culturales, tecnológicos y científicos, muy beneficiosos para los lectores. También, algunos almacenes se han prevenido y para controlar el caos, ya empezaron a forrar con papel plástico las publicaciones más apetecidas por la piratería lectoral, han fijado letreros que prohíben el manoseo permanente o han asignado vigilantes que les impiden a los clientes tener acceso a las páginas interiores. Sin embargo, no falta quien viole las normas, y siempre encontramos, sobre todo mujeres, revisando y hojeando las revistas, tranquilamente y sin ningún recato.

Con la lectura de los periódicos casi sucede lo mismo, pero con una ligera diferencia: los vendedores alquilan los diarios por una mínima cantidad durante diez o quince minutos, o mientras dure la revisión total. Otros, sólo los prestan para fotocopiar los crucigramas, actividad muy en boga que se ha convertido en el pasatiempo favorito de muchísimas personas. Y en las bibliotecas y hemerotecas públicas, la situación es aún más alarmante. Aquí, los diarios y revistas no dan abasto para satisfacer la gran cantidad de lectores improvisados que llegan a estos sitios a buscar información de última hora, sea local, regional o nacional, para de inmediato salir a especular y sentar cátedra en los corrillos callejeros o en los tertuliaderos de poca monta. Esto, como es natural, los complace profundamente y les alivia el reconcomio que les perturba el espíritu.

Empero, lo más censurable en este insólito bailongo es la cicatería de la gente, que siempre se muestra apática a la compra de cualquier medio informativo por muy barato que sea. Una costumbre que ha hecho escuela y tiene una profunda cimentación en el país entero, donde, según estudios realizados por prestigiosas instituciones, el nivel de lectura es paupérrimo y la inversión bibliográfica casi nula. Y a esta crítica situación han surgido como paliativos los novísimos medios de información electrónica, pues son muchísimos los que afirman que “ellos no necesitan comprar ningún libro o revista, porque todo lo leen en internet”. Expresión que sólo refleja un tinte de total mediocridad, y nos deja bien claro que, mientras no exista una conciencia de lectura consagrada, los lectores cacheteros seguirán conformando, per saecula saeculorum, “una fauna inagotable”.